sábado, 10 de diciembre de 2011

Cuento El Fardo / Poesía Los Motivos del Lobo

El fardo

Rubén Darío

Allá lejos, en la línea, como trazada por un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardias pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas, dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el húmedo viento salado, que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.

Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una piedra y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.

-¡Eh, tío Lucas! ¿Se descansa?

-Sí, pues, patroncito.

Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entablar con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.

Yo veía con cariño a aquel viejo, y le oía con interés sus relaciones, así todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo. ¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo fue soldado de Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencia para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casado, y tuvo un hijo y...

Y aquí el tío Lucas:

-¡Sí, patrón, hace dos años que se me murió!

Aquellos ojos chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se humedecieron entonces.

¿Que cómo se murió? En el oficio, por darnos de comer a todos: a mi mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.

Y todo me lo refirió al comenzar aquella noche, mientras las olas se cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él, en la piedra que le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la oreja, y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.

El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito; pero ¡los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho"

El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.

Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y para eso, quedar sin alientos y trabajar como un buey.

Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso enfermo y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. ¡No murió! Y eso que vivía en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles, y en donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorvería, las arpas y los acordeones, y en ruido de los marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como condenados. ¡Sí! entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas tunantescas; el chico vivió, y pronto estuvo sano y en pie.

Luego llegaron sus quince años.

El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se hizo pescador.

Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz algún "triste", y enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.

Si había buena venta, otra salida por la tarde.

Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y se pensó en librar el pellejo. Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban; pero una racha maldita los empujó contra una roca, y la canoa se hizo astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios! como decía el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.

¡Sí! lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras; colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro del macizo pescante que semeja una horca; remando de pie y a compás; yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando: ¡hiiooeep! cuando se empujan los pesados bultos para engancharlos en la uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo. ¡Sí! lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y para sus queridas sanguijuelas del conventillo.

Reclutabanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y pesados que se quitaban al comenzar la tarea, tirándolos en un rincón de la lancha.

Empezaba el trajín, el cargar y el descargar. El padre era cuidadoso: -¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! ¡Que te vas a perder una canilla!-. Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de obrero viejo y de padre encariñado.

Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.

¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso, sí.

-Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.

Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.

Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran confusión del trabajo que da vértigo; el son del hierro, traqueteos por doquiera, y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los navíos en grupo.

Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un badajo, en el vacío.

La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en cuando la embarcación colmada de fardos. Éstos formaban una a modo de pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la lancha. Un hombre de pie sobre él, era pequeña figura para el grueso zócalo.

Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y triángulos negros, había letras que miraban como ojos. -Letras en "diamante"- decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando menos, linones y percales.

Sólo él faltaba.

-¡Se va el bruto! -dijo uno de los lancheros.

-¡El barrigón! -agregó el otro.

Y el hijo de Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba para ir a cobrar y desayunarse, anudándose un pañuelo a cuadros al pescuezo.

Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se probó si estaba bien seguro, y se gritó: -¡Iza!- mientras la cadena tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.

Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se zafó del lazo, como de un collar holgado saca el perro la cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca.

Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el muchacho destrozado, al que se abrazaba llorando el reumático, entre la gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver al cementerio.

Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle, tomando el camino de la casa, y haciendo filosofía con toda la cachaza de un poeta, en tanto que una brisa glacial, que venía de mar afuera, pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.



LOS MOTIVOS DEL LOBO



El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertos y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: "¡Paz, hermano
lobo!" El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: "!Está bien, hermano Francisco!"
"¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangare que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?"

Y el gran lobo, humilde: "¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre, que iban a cazar!"

Francisco responde: "En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!"

"Esta bien, hermano Francisco de AsIs."
"Ante el Señor, que toda ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata."
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.

Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, bajo la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: "He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriente.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios." "¡Así sea!",
Contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió la testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba a las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto en los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dió treguas a su furor jamás,
como si estuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos los buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.
Se fué a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.

"En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote dijo, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho."

Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:

"Hermano Francisco, no te acerques mucho...
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fué como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad."

El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: "Padre nuestro, que estás en los cielos..."


lunes, 5 de diciembre de 2011

lectura de lunes


El maestro del modernismo

Por Roberto González Echevarría

La editorial Penguin acaba de lanzar al mercado de habla inglesa una dudosa antología de Rubén Darío: el poeta definitivo de la lengua después del Siglo Oro. Aprovechando la enmienda de las más garrafales miserias de esa edición, González Echevarría visita al clásico nicaragüense y le devuelve su estatura.

En la poesía española hay un antes y un después de Rubén Darío. Fue el primer gran poeta desde el Siglo de Oro, el de Garcilaso, San Juan de la Cruz, Fray Luis, Góngora, Quevedo y Sor Juana. Y a pesar de la abundancia de poetas surgidos en el siglo XX a ambos lados del Atlántico –García Lorca, Alberti, Salinas, Cernuda, Neruda, Vallejo, Paz, Palés Matos, Lezama Lima, etc.– la dimensión que Darío alcanzó no ha sido superada. Fue el líder de una revolución literaria que se expandió a lo largo del mundo hispanohablante y transformó todos los géneros literarios, no sólo la poesía. Del mismo modo que Garcilaso modernizó el verso castellano al imprimirle las formas y el espíritu italianos durante el siglo XVI, Darío condujo la literatura en lengua española a la modernidad al incorporarle los ideales estéticos y las ansiedades del Parnasianismo y del Simbolismo franceses. Ambos, Garcilaso y Darío, llevaron a cabo las más profundas revoluciones del verso castellano, pero ninguno de los dos es conocido fuera del mundo hispanohablante, excepto en los círculos de hispanistas. Sus obras no “viajan” bien, particularmente al mundo de habla inglesa, en donde son prácticamente desconocidas.

El caso de Darío es más desconcertante que el de Garcilaso (1501-1536); a éste bien podemos dejarlo en las bibliotecas junto a Petrarca, Ronsard y Spencer, pero Darío es casi nuestro contemporáneo. Garcilaso ha sido tan completamente asimilado que es fácil ignorar su presencia en poetas como Paz y Neruda, por ejemplo. Las innovaciones de Darío, su estilo y peculiaridades son tan contemporáneas como las polémicas que su obra ha suscitado entre poetas, profesores y críticos. El Modernismo, movimiento que Darío fundó, tuvo un tremendo impacto en todos los niveles de la cultura hispana, desde la decoración de interiores y el diseño de muebles hasta la ropa. Incluso puede decirse que la voz de Darío aún llega a nosotros entreverada en canciones populares. Más que un poeta nicaragüense o hispanoamericano, Darío fue por excelencia el poeta de la lengua española y la primera figura literaria realmente célebre en la historia de las letras hispanas. España e Hispanoamérica reconocieron su voz poética como la más original y moderna surgida hasta entonces.

Darío publicó su primera colección de textos, Azul..., en 1888. Tenía veintiún años y vivía en Valparaíso, Chile, donde había llegado dos años antes en busca de horizontes más amplios que los centroamericanos. Azul..., un libro de apenas 134 páginas, estaba destinado a convertirse en obra fundamental tanto por su poesía como por su prosa. El éxito que alcanzó es prueba de lo imprevisible que puede llegar a ser la historia literaria. Azul... se publicó en edición del propio autor, quien era prácticamente desconocido y en una ciudad portuaria vibrante y culta, pero alejada de los centros de actividad literaria de España y Latinoamérica: Madrid, México y Buenos Aires. Walter Benjamin dijo que París era la capital del siglo XIX y esto no fue menos cierto para los poetas, intelectuales, diplomáticos y exiliados del fragmentado mapa latinoamericano, que a pesar de tener grandes ciudades, carecía de un centro natural, tal como Nueva York en Estados Unidos y París en Europa. Cierto que en 1846, América poética, la primera antología de poesía hispanoamericana, había sido publicada en Valparaíso por el argentino Juan María Gutiérrez, pero la ciudad portuaria no era París, ni siquiera Madrid.

La reacción inicial al libro de Darío fue hostil. El gran pensador y poeta Miguel de Unamuno dijo en un principio que a Darío le asomaba una pluma bajo el sombrero, lo cual era una referencia despectiva a la mezcla racial del nicaragüense. Por su parte Marcelino Menéndez y Pelayo, el historiador y crítico literario de lengua española más influyente de todos los tiempos, cerró su Historia de la poesía hispanoamericana (la primera que se conoce) justo en 1880, cuando el Modernismo y Rubén Darío se aprestaban a dejar su huella en la literatura. Francófobo, Menéndez y Pelayo no veía con buenos ojos el amor de Darío por la poesía y la cultura francesas. Por fortuna Darío había tenido la audacia de enviar Azul... al también influyente crítico español Juan Valera, quien además de ser escritor era un notable crítico y miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Con dos cartas sobre Azul... que más tarde se publicarían a modo de prólogo en ediciones posteriores, Valera le dio al joven escritor el espaldarazo definitivo. Sus cartas puntualizaron todo cuanto era relevante en Azul..., de manera que los comentarios y críticas subsecuentes en cierta forma han sido glosas de aquéllas. Y aunque también Valera vio con cierta ojeriza las apropiaciones francesas de Darío, supo reconocer el genio del nicaragüense y le predijo un brillante futuro. El suyo fue un respaldo definitivo porque Valera estaba sólidamente asentado en el mundo de las letras hispanas.

Otro factor fundamental en el rápido ascenso de Darío, y en su carrera itinerante como embajador de la poesía modernista, fueron los nuevos medios de comunicación: el barco de vapor, el cable trasatlántico y la proliferación de periódicos. Algunos de ellos, como El Mercurio de Chile –que figuraba entre los más influyentes y de mejor calidad–, difundieron el arte y la cultura con una rapidez sin precedentes. Los escritores hispanoamericanos se pusieron en contacto entre sí incluso desde los más lejanos rincones de América. Además, ahora podían encontrarse en París y darse cuenta de que sus obras eran parte de una literatura continental que trascendía las peculiaridades nacionales de sus propios países. Y todo gracias a los barcos de vapor, al creciente comercio entre las naciones hispanoamericanas y entre éstas y el resto del mundo. Los viajes de Darío y la circulación de sus libros le deben mucho a la nueva tecnología y a una modernización que su poesía indudablemente reflejó, incluso en su afición a la literatura francesa, algo que el nicaragüense compartía con los artistas hispanoamericanos de entonces y de hoy. Azul... apareció en un pequeño lugar justo cuando el mundo empezaba a volverse pequeño.

Rubén Darío nació en Metapa, un pueblo nicaragüense llamado ahora Ciudad Darío. Sus padres lo bautizaron Félix Rubén García Sarmiento y, como él valientemente lo admitió, por sus venas corría sangre india y negra. Después cambió su nombre por el más breve y sonoro de Rubén Darío, asimilando un patronímico que su padre había usado y que, por supuesto, tenía connotaciones clásicas. Criado en León, una ciudad política e intelectualmente activa, adquirió una vasta y profunda cultura durante su infancia y adolescencia. Pronto se familiarizó con los escritores franceses, tanto las grandes figuras como los de menor resonancia. A través de sus lecturas aprendió el suficiente francés como para escribir poemas pasables en esa lengua. Su conocimiento de la poesía española era prodigioso. Darío fue un Mozart de la poesía. Tomás Navarro Tomás, el más consumado experto en versificación española, nos ofrece las siguientes estadísticas tras hacer un estudio de la obra poética de Darío: 37 diferentes metros y 136 tipos de estrofas. Algunos metros y formas rítmicas del poeta fueron de su propia invención.

A pesar de vivir en la periferia del mundo, Darío era extraordinariamente culto. La razón debe buscarse en la uniformidad lingüística y cultural impuesta en el imperio español por los Reyes Católicos y sus sucesores, así como en el avance del comercio y las comunicaciones del XIX. El imperio español, organizado como una vasta burocracia, favorecía la escritura y el aprendizaje con el fin de promover su ortodoxia cultural y religiosa. Si bien el costo de esta política fue alto, los beneficios también fueron considerables, dado que a través de la escritura todo súbdito se sentía conectado con los centros de poder y enseñanza: España y los virreinatos de México y Perú. Ya en el siglo XIX, junto al comercio y las comunicaciones, los modernos imperios (Inglaterra y Francia) trajeron a Latinoamérica toda clase de novedades, entre ellas libros que ahora podían leerse sin las restricciones impuestas por la corona española antes de la independencia. Darío había empezado a escribir versos a la edad de doce años, pero su carrera de escritor comenzó realmente en Chile, un próspero país cuya elite intelectual y artística reconoció inmediatamente su talento.

¿Por qué fue Azul... tan influyente? En un estilo preciosista, a través de poemas y cuentos, Azul... invocaba el mítico mundo de hadas, princesas y artistas incomprendidos que perseguían un ideal estético, un ideal de belleza capaz de restaurar la unidad y armonía del universo. Tal fue la misión del arte que Darío abrazó con fervor religioso. Aunque era católico indagó en el ocultismo y en otras tendencias del fin de siglo, según lo señala Cathy Jrade en su importante libro Rubén Darío and the Romantic Search for Unity: The Modernist Recourse to Esoteric Tradition (Rubén Darío y la búsqueda de la unidad romántica: el recurso modernista de la tradición esotérica, FCE, 1986 ). Los artistas de Azul... son personajes cuyos propósitos o anhelos resultan siempre frustrados debido a su inevitable asociación con absurdos y decadentes aristócratas. Hay por lo tanto una fractura entre el ideal al que Darío aspira y la posibilidad de alcanzarlo. De ahí los tonos melancólicos de su poesía. Sin embargo no hay rupturas en la realización del poema o de la prosa. Ambas están depuradas de vulgaridades y lugares comunes, y llevan las formas poéticas a niveles inimaginables de perfección. El castellano nunca había sido escrito de esa manera. Pero con todo y esa perfección hay en Darío un tono vacilante, de anhelo y hasta de duda de sí y de su arte. Por eso elige el cisne como emblema de su arte poética: en él se combinan la pureza artística atribuida a su forma y a sus blancas plumas con el añorante signo de interrogación que su cuello dibuja. Darío utilizó ampliamente la mitología griega, la precolombina, y la historia occidental. La cultura, mucho más que la realidad interior o la circundante, es el punto de partida de su obra.

Si todo esto parece anticuado, consideremos el cuento de Gabriel García Márquez “La prodigiosa tarde de Baltasar”. Un artesano construye una hermosa pajarera a solicitud de un niño y una vez hecha, los padres rehúsan pagarla. Baltasar termina borracho y tirado en medio del camino. Es el mismo problema del artista en Azul... En el cuento “El rey burgués’’, por ejemplo, el poeta es abandonado en el jardín para que muera de frío mientras da vueltas a la manivela de su caja de música. Y todo para que sus mecenas se diviertan. El orden temporal y autárquico de Cien años de soledad, así como su elaborado sistema de correspondencias son remanentes de la estética modernista iniciada por Darío, al igual que la prosa barroca de Alejo Carpentier y el exquisito tramado en la cuentística de Borges. Con respecto a los poetas, sería muy difícil encontrar uno solo en lengua española que no haya sido influido por el nicaragüense.

La obra poética de Darío se desplegó en dos períodos. El primer Darío, el escritor esteticista y el segundo –para usar un cliché–, el Darío “profundo”, más reflexivo, imagen invertida del primero, como si se mirara en un espejo cóncavo. Según los primeros estudiosos de Darío, la segunda etapa empieza con el verso inicial del primer poema de Cantos de vida y esperanza (1905): “Yo soy aquel que ayer no más decía”. En castellano este verso se ha convertido en una nostálgica forma de decir que ya no somos lo que éramos. La autocrítica presente en la primera estrofa de “Yo soy aquel…” llevó a muchos a creer en dos Daríos, uno cautivado por vacías pirotécnicas verbales y el otro acosado por inquietudes artísticas y existenciales. Tal postura ya no tiene validez ante la crítica. Si bien es cierto que Darío cargaba con el peso de su propio éxito y de su fama, los Cantos de vida y esperanza sólo estaban haciendo explícito lo que en libros anteriores aparecía implícito: su angustia ante un universo absurdo, la fútil búsqueda de un ideal estético y la inevitable necesidad de perseguirlo sin descanso, la ilusoria y engañosa naturaleza del lenguaje, la sensación de vacío interior, y la decepcionante consecución del amor erótico. Los dos Daríos fueron en realidad uno sólo que con diferentes códigos y convenciones poéticas expresaba lo mismo. El realmente nuevo Darío apareció en su última poesía, cuando los poemas adquirieron un tono más político y reflejaron un nuevo sentido de autoridad que ahora acreditaba al poeta para hablar en nombre del mundo hispano. Esto resulta evidente en Canto a la Argentina, un poema largo que anuncia el Canto general de Neruda. Pero en 1905 las ideas políticas de Darío eran tan sólo una prolongación de sus nociones en torno al lenguaje y el arte. De ningún modo reflejaban una nueva ideología.

Hubo que esperar hasta la guerra del 98 para que las ideas políticas de Darío y el Modernismo empezaran a cuajar. Si bien los modernistas aplaudieron la independencia de Cuba, Puerto Rico y otras colonias del ya desmoronado imperio español, también empezaron a preocuparse seriamente por el surgimiento de los Estados Unidos como nuevo poder imperial. Los Estados Unidos habían vencido a España, pero al desairar al ejército cubano de liberación, excluyéndolo de la victoria, atrofiaron el crecimiento político e independiente de la isla. Darío y el resto de los modernistas percibían que ante el expansionismo estadounidense el mundo hispano estaba desamparado política y culturalmente. Aquellos países del continente americano cuyos orígenes culturales y religiosos podían trazarse hasta Roma y la latinidad serían conquistados y colonizados por un imperio anglosajón y protestante cuyo pragmatismo lo instaba exclusivamente a producir progreso material. Fue José Enrique Rodó, no Darío, quien enérgicamente articuló esta preocupación en 1900, en su ensayo Ariel, el más influyente de cuantos se han escrito en Latinoamérica. Rodó, un modernista uruguayo admirador de Darío, sostenía en su ensayo que los países latinos debían permanecer fieles a su cultura común, y a la civilización del espíritu (de ahí el nombre de Ariel), que en oposición a los Estados Unidos, valoraban el arte y el buen gusto más que el crecimiento económico y el consumo. Darío se hace eco de esta posición al escribir poemas tales como “A Roosevelt”, donde habla en nombre de una América que “aún reza a Jesucristo y aún habla en español”. Ese “aún” pone de manifiesto sus temores con respecto al futuro latinoamericano, para el que Estados Unidos se perfilaba como el “futuro invasor”.

Los poetas hispanohablantes de la siguiente generación rechazaron al primer Darío a favor del segundo, de un lenguaje y una prosodia más naturales. Pero con el paso del tiempo la mayoría reconoció su error y acabó rindiéndose ante el Darío musical de “Sonatina”. No existe poeta en lengua española sobre quien los mismos escritores hayan producido tantos ensayos. Poetas tan importantes como Cernuda (1902-1963) y Gastón Baquero (1918-1997), por ejemplo, se refirieron burlonamente al primer Darío, pero al hacerlo le reconocieron tanto mérito por sus hallazgos poéticos que acabaron acrecentando su fama. Gastón Baquero, un poeta cubano practicante de la “poesía pura” tuvo que declarar que en Darío “surgió un sentido de la dignidad estética del poema en sí como construcción cuidadosa, llena de decoro, que nadie podía abolir”. A pesar todo lo que resulta efímero en la producción de Darío, Gastón Baquero afirmó que “toda la creatividad y el futuro de la literatura están latentes en él”. La crítica bien podría descarnar el cuerpo de Darío, “pero al llegar a los puros huesos nos encontraríamos con que éstos eran de diamante”. Por su parte, Cernuda dijo que Darío, como sus antepasados nativos del Nuevo Mundo, se dejaba embaucar por los europeos al cambiarles su oro por un puñado de baratijas relucientes. Y es que, según Cernuda, había tomado de Francia la tendencia a valorar las cosas, no por lo que eran, sino por lo que otros habían afirmado sobre ellas y su valor. Ese mismo Cernuda, sin embargo, escribió un inteligentísimo ensayo sobre Darío, quizás a modo de exorcismo personal. Pedro Salinas (1891-1951), otro importante poeta español, escribió un libro sobre Darío, al igual que su compatriota, el premio Nobel Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Por su parte Octavio Paz escribió “El caracol y la sirena”, uno de los más hermosos y perspicaces ensayos que se conocen sobre el nicaragüense. Sin duda Rubén Darío es reconocido hoy en día como un clásico, pero sólo en lengua española.

Concebida y elaborada con descuido, la antología de verso y prosa Rubén Darío, Selected Writings será poco útil para difundir la obra del nicaragüense y mejorar su reputación en el mundo anglohablante. La edición y el prólogo están a cargo de Ilan Stavans, profesor de literatura y cultura hispanoamericanas en Amherst College. El apartado de poesía es particularmente deficiente ya que no incluye algunos de los más importantes poemas de Darío y está organizado en forma poco esclarecedora. Abandona la usual disposición cronológica de los poemas para tratar de seguir la división temática que Darío hizo antes de su muerte. Lejos de ayudarnos a percibir la evolución de su poesía, el orden temático hace que los poemas aparezcan como descontextualizados o surgidos en el vacío. Las subdivisiones están tituladas con versos de un poema cuya traducción es particularmente desastrosa. Además de ser torpes, las traducciones de Greg Simon y Steven White contienen errores elementales que van más allá de las típicas disputas sobre la selección de palabras. Por ejemplo, en el poema “Yo soy aquel que ayer no más decía…”, el ver-so donde Darío se autodescribe como “muy siglo diez y ocho” (queriendo decir que sus gustos eran muy de ese siglo) ha sido inexplicablemente traducido como “and those that come from the eighteen century”, cuyo significado literal es: “y esos que vienen del siglo XVIII”. Un error de otro tipo es el que se encuentra en el “Coloquio de los centauros”, poema capital del que sólo se traduce una estrofa, en un verso que dice “cada hoja de cada árbol canta su propio cantar”. Simon y White traducen: “Each leaf on the trees sings with its own goal” (literalmente: “cada hoja de los árboles canta con su propia meta”). ¿Hojas con metas? En este terrible ensamblaje de palabras se pierden completamente el ritmo y la repetición de sonidos del original, y lo que es peor, no traduce el sentido del verso español. Sería penoso compilar todos los errores de traducción de esta antología, cuya característica más evidente es la de ser antipoética. Y traducir de manera antipoética es lo peor que puede hacérsele a un poema de Darío. Stavans afirma en su prólogo que Selected Writings es “la más ambiciosa tentativa por naturalizar la poesía de Darío en inglés”. Se equivoca porque hay mejores trabajos, el más reciente de 2004. En 1965, el talentoso traductor Lysander Kemp publicó Selected Poems of Rubén Darío con un extraordinario ensayo introductorio de Octavio Paz. La edición en rústica salió en 1988. En lo que se refiere a la poesía de Darío, el lector estaría mejor servido si recurriera a la versión de Kemp.

Quizás el único aporte valioso del libro es la traducción de la prosa, a cargo de Andrew Hurley. Aunque su trabajo no es brillante (y Darío casi siempre lo es) y aunque no estamos ante uno de los mejores traductores del español al inglés (Gregory Rabassa, Edith Grossman, Margaret Sayers Peden, Esther Allen y Sarah Arvio, por ejemplo), puede decirse que la versión de Hurley es fidedigna y concienzuda.

La introducción de Stavans carece de credibilidad y rigor académico: está llena de clichés (“Darío es un hombre de todas las épocas”), no apunta una sola idea que llame a la reflexión y no hace justicia a la considerable cantidad de crítica que hay sobre Darío. Como algunas de las traducciones, su introducción contiene errores básicos y risibles. Por ejemplo, el famoso verso de Enrique González Martínez en el que se anima a los poetas a “torcerle el cuello al cisne”, es decir, a apartarse del estilo de Darío, Stavans se lo atribuye Manuel Gutiérrez Nájera. También afirma de manera absurda que en “Latinoamérica no ha existido el Romanticismo per se”. Éste es un error elemental que Stavans podría haber evitado si hubiera consultado cualquier historia de la literatura latinoamericana o a cualquiera de los críticos a los que ridiculiza con su gratuita y ridícula arrogancia basada en no sé qué autoridad. Stavans llega hasta el punto de afirmar que la salud de Darío empeoró rápidamente en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial. Pero el poeta llevaba dos años muerto en 1918, cuando la guerra terminó. Su salud, por cierto, no podía haber empeorado mucho más después de la guerra.

Hay poetas destinados a permanecer dentro de los límites de las lenguas en las que se expresan. Debido a todos sus errores, la antología Rubén Darío: Selected writings no podrá ayudar a Darío a conjurar este destino. ~

– Traducción de Amelia Mondragón

martes, 29 de noviembre de 2011

EL RUBI (Rubén Darío)

El rubí
Rubén Darío

-¡Ah! ¡Conque es cierto! Conque ese sabio parisiense ha logrado sacar del fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que están incrustados los muros de mi palacio!

Y al decir esto el pequeño gnomo1 iba y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda cueva que le servía de morada; y hacía temblar su larga barba y el cascabel de su gorro azul y puntiagudo.

En efecto, un amigo del centenario Chevreul -cuasi Althotas-, el químico Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.

Agitado, conmovido, el gnomo -que era sabidor y de genio harto vivaz- seguía monologando.

-¡Ah, sabios de la edad media! ¡Ah Alberto el Grande, Averroes, Raimundo Lulio! Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la piedra filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, sin saber cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimo nono a formar a la luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros subterráneos! ¡Pues el conjuro! Fusión por veinte días, de una mezcla de sílice y de aluminato de plomo: coloración con bicromato de potasa, o con óxido de cobalto. Palabras en verdad, que parecen lengua diabólica.

Risa.

Luego se detuvo.

***

El cuerpo del delito estaba ahí, en el centro de la gruta, sobre una gran roca de oro; un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un grano de granada al sol.

El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó por las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos los gnomos habían llegado.

Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era la claridad de los carbunclos2 que en el techo de piedra centelleaban, incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo iluminaba todo.

A aquellos resplandores, podía verse la maravillosa mansión en todo su esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de lapislázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes, blancos y limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones; cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las esmeraldas esparcían sus resplandores verdes, y los zafiros, en amontonamientos raros, en ramilletes que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores azules y temblorosas.

Los topacios dorados, las amatistas, circundaban en franjas el recinto; y en el pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofasia y el ágata, brotaba de trecho en trecho un hilo de agua, que caía con una dulzura musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica soplada muy levemente.

Puck se había entrometido en el asunto, ¡el pícaro Puck! Él había llevado el cuerpo del delito, el rubí falsificado, el que estaba ahí, sobre la roca de oro, como una profanación entre el centelleo de todo aquel encanto.

Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas hachas en las manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y encarnadas, llenas de pedrería, todos curiosos, Puck dijo así:

-Me habéis pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación humana, y he satisfecho esos deseos.

Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las gracias a Puck, con una pausada inclinación de cabeza; y los más cercanos a él examinaban con gesto de asombro, las lindas alas, semejantes a las de un hipsipilo.

Continuó:

-¡Oh Tierra! ¡Oh Mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania no he sido sino un esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra.

Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:

-¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisible, los vi por todas partes. Brillaban en los collares de las cortesanas, en las condecoraciones exóticas de los rastaquers, en los anillos de los príncipes italianos y en los brazaletes de las primadonas.

Y con pícara sonrisa siempre:

-Yo me colé hasta cierto gabinete rosado muy en boga... Había una hermosa mujer dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón el rubí. Ahí lo tenéis.

Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabeleo!

-¡Eh, amigo Puck!

¡Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de hombre o de sabio, que es peor!

-¡Vidrio!

-¡Maleficio!

-¡Ponzoña y cábala!

-¡Química!

-¡Pretender imitar un fragmento del iris!

-¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!

-¡Hecho de rayos del poniente solidificados!

El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba nevada, su aspecto de patriarca, su cara llena de arrugas:

-¡Señores! -dijo- ¡que no sabéis lo que habláis!

Todos escucharon.

-Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya para martillar las facetas de los diamantes; yo, que he visto formarse estos hondos alcázares; que he cincelado los huesos de la tierra, que he amasado el oro, que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y caí a un lago donde violé a una ninfa; yo, el viejo, os referiré de cómo se hizo el rubí.

Oíd:

***

Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas palidecían a los resplandores de la pedrería, y cuyas manos extendían su movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas, como un lienzo lleno de miel donde se arrojasen granos de arroz.

-Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las minas de diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra, y salimos en fuga por los cráteres de los volcanes.

El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las hojas verdes y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y brota el gorjeo, y el campo todo, saludaban al sol y a la primavera fragante.

Estaba el monte armónico y florido, lleno de trinos y de abejas; era una grande y santa nupcia la que celebraba la luz; y en el árbol la savia ardía profundamente, y en el animal todo era estremecimiento o balido o cántico, y en el gnomo había risa y placer.

Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo extenso. De un salto me puse sobre un gran árbol, una encina añeja. Luego, bajé al tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un río pequeño y claro donde las aguas charlaban diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía sed. Quise beber ahí... Ahora, oíd mejor.

Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil coronados de cerezas; ecos de risas áureas, festivas; y allá, entre las espumas, entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas...

-¿Ninfas?

-No, mujeres.

***

-Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar una patada en el suelo, abría la arena negra y llegaba a mi dominio. Vosotros, pobrecillos, gnomos jóvenes, tenéis mucho que aprender!

Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí, sobre unas piedras deslavadas por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa, a la mujer la agarré de la cintura, con este brazo antes tan musculoso; gritó, golpeé el suelo; descendimos. Arriba quedó el asombro; abajo el gnomo soberbio y vencedor.

Un día yo martillaba un trozo de diamante inmenso que brillaba como un astro y que al golpe de mi maza se hacía pedazos.

El pavimento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho trizas. La mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre maceteros de zafir, emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca, toda desnuda y espléndida como una diosa.

Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi bella, me engañaba. Cuando el hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es capaz de traspasar la tierra.

Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros. Éstos pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él, amándola también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella, la enamorada, tenía -yo lo notaba- convulsiones súbitas en que estiraba sus labios rosados y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se sentían? Con ser quien soy, no lo sé.

Había acabado yo mi trabajo; un gran montón de diamantes hechos en un día; la tierra abría sus grietas de granito como labios con sed, esperando el brillante despedazamiento del rico cristal. Al fin de la faena, cansado, di un martillazo que rompió una roca y me dormí.

Desperté al rato al oír algo como un gemido.

De su lecho, de su mansión más luminosa y rica que las de todas las reinas de Oriente, había volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la mujer robada. ¡Ay! Y queriendo huir por el agujero abierto por mi masa de granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de azahar y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus costados, chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las lágrimas. ¡Oh, dolor!

Yo desperté, la tomé en mis brazos, le di mis besos más ardientes; mas la sangre corría inundando el recinto, y la gran masa diamantina se teñía de grana. Me pareció que sentía, al darle un beso, un perfume salido de aquella boca encendida: el alma; el cuerpo quedó inerte.

Cuando el gran patriarca nuestro, el centenario semidiós de las entrañas terrestres, pasó por allí, encontró aquella muchedumbre de diamantes rojos...

***

Pausa.

-¿Habéis comprendido?

Los gnomos muy graves se levantaron. Examinaron más de cerca la piedra falsa, hechura del sabio.

-¡Mirad, no tiene facetas!

-¡Brilla pálidamente!

-¡Impostura!

-¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!

Y en ronda, uno por aquí, otro por allá, fueron a arrancar de los muros pedazos de arabesco, rubíes grandes como una naranja, rojos y chispeantes como un diamante hecho sangre; y decían:

-¡He aquí! ¡He aquí lo nuestro, oh madre Tierra!

Aquello era una orgía de brillo y de color.

Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían.

De pronto, con toda la dignidad de un gnomo:

-¡Y bien! El desprecio.

Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y arrojaron los fragmentos, -con desdén terrible- a un hoyo que abajo daba a una antiquísima selva carbonizada.

Después, sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes resplandecientes, empezaron a bailar asidos de las manos una farandola loca y sonora.

¡Y celebraban con risas, el verse grandes en la sombra!

***

Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba recién nacida, camino de una pradera en flor. Y murmuraba -siempre con su sonrisa sonrosada!:

-Tierra... Mujer...

Porque tú, ¡oh madre Tierra!, eres grande, fecunda, de seno inextinguible y sacro; y de tu vientre moreno brota la savia de los troncos robustos, y el oro y el agua diamantina, y la casta flor de lis. ¡Lo puro, lo fuerte, lo infalsificable! ¡Y tú, mujer, eres espíritu y carne, toda Amor!

FIN

lunes, 28 de noviembre de 2011


Bienvenidos Jóvenes:

A través de la palabra los seres humanos hemos podido transmitir nuestras emociones y formas de pensar. Hoy iniciaremos juntos y juntas una travesía acompañados de libros y comentarios que propiciarán la crítica y la auto crítica.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Jaime Sabines

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte,
de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las
prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo,
abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana
se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado
sobre la tierra y se les puede prender fuego.Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado.Y también el silencio. Porque las mejores palabras del
amor están entre dos gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo
del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero
cuando digo: “qué calor hace”, “dame agua”,“¿sabes manejar?”, “se hizo de noche”...Entre las gentes,a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho “ya es tarde”,y tú sabías que decía “te quiero”.)
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo.
Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras:guardarlo, acariciarlo,
tirarlo a la basura. No sirve,es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas.
Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio
para entrar a un panteón.

Jaime Sabines

domingo, 29 de agosto de 2010

Taller de Lectura y Redacciòn PSICOLOGÌA

La Belleza


Los diferentes grupos sociales han creado diferentes formas de cultura, lo cual ha provocado que cada uno de ellos mantenga gustos, tradiciones, hàbitos y una educaciòn diferente. Uno de los aspectos que se diferencia de sociedad en sociedad es la belleza.
Pero, què es la belleza?... La belleza depende de los ojos de quien la mire, es sin duda, un aspecto subjetivo.
¿Què es la belleza para ti?

domingo, 25 de abril de 2010

BIENVENID@S


Hola, espero que se encuentren felices por compartir este espacio de cultura (así me siento yo), es importante recordar que el Taller de Lectura y Redacción II tiene como finalidad que ustedes logren redactar con estilo y corrección gramatical. Les envío un gran abrazo.


TAREA: Responder en el blog lo siguiente
Quién soy?
Dónde nací?
Qué hago?
qué pienso?


Les pondré un ejemplo aquí (es mi caso)
YO BLANCA
Mi nombre es Blanca Estela, nací en la antiguamente llamada “Región más transparente” un 5 de enero de 1973. Cuando llegué al mundo y mi primer llanto llenó mis pulmones de oxígeno, mis padres se dieron cuenta de que era una niña de piel clara y blanca; tanto que decidieron llamarme así, Blanca, como la espuma del mar. Además reconocieron que sería tan hablantina como mi abuela paterna y por ello me pusieron un segundo nombre Estela. Creo que mi nombre es muy largo y aunque no me desagrada, acepto que en todos los lugares (incluso en mi hogar) sólo me nombran con el primero.Crecí al interior de una familia conformada por regiomontanos y guerrerenses, lo cual siempre me dio dos visiones de las formas de llevar a cabo las cosas. El norte y el sur. Dos polos tan contradictorios y a la vez tan cercanos. El cabrito y el pozole se degustaban en un hogar en donde se escuchaban los Alegres de Terán y el Acapulco Tropical conjuntamente.Toda la vida creí que viviría para siempre en esa ciudad maravillosa, en la que el smog, los claxons y los vendedores ambulantes pululaban entre los transeúntes. Pero como todo lo que nace muere, el amor que mis padres algún día se profesaron ante un altar se terminó y mi madre huyó a su terruño suriano, quizá anhelando reencontrar su pasado feliz o a algún novio de juventud para rehacer su vida. Nunca indagué.Sólo sé que llegué al maravilloso y tan publicitado Puerto de Acapulco. Siempre deseé vivir ahí, imaginaba que todos los días iría a la playa y pasearía por la costera. Pero, ohh! desilusión, entendí que ese “Acapulco” era únicamente para turistas, y yo ya no era una de ellos. Por el contrario pasaba a formar parte de aquellos que se agobiaban con las altas temperaturas, los camiones destartalados y el lenguaje que se come la S.Siempre fui una joven que se interesaba por la cultura y procuraba embeberme en todos los eventos que surgieran en el Fuerte de San Diego, El Centro de Convenciones o la Biblioteca Central. Claro está, sin dejar de lado la bohemia y la parranda con mis grandes amigos de Preparatoria. Ahora sé que fue una de las etapas más entrañables.Para hacer mi instrucción superior me dirigí a la ciudad Capital del estado de Guerrero: Chilpancingo. Cuando bajé del autobús cargada de sueños, respiré profundamente porque sabía que esta ciudad me guardaría por varios años. Y así fue. Ingresé a la Escuela de Comunicación de la UAG. Me gustaba mucho esa carrera, comencé a escribir en periódicos y a hacer programas de radio (acerca de los Beatles); todo iba viento en popa, pero un virus me contagió: El amor, penetró en mis poros, en el alma y en el cerebro. Sí, ya sé, la oxitocina es la que segrega la esencia del amor; pero yo en ese momento pensaba que cientos de campanas sonaban cada vez que veía a ese joven deportista y estudiante de la misma disciplina que yo. Y me casé. Más a fuerza que queriendo. Y es que en realidad por mi mente no pasó que tuviera que llevar a cabo un ritual para estar con el hombre que amaba, pero como mi madre era ( y sigue siendo de cierto modo) una chilapeña católica recalcitrante no aceptaba que viviera en unión libre, negociamos que lo haría sólo por lo civil. Esto de las leyes también abruma no?. Pero ni modo. Me casé un 20 de junio de 1993 con un hombre inteligente que ha entendido el proceso de ser mujer independiente y colaboradora de esta sociedad que ha hecho a un lado la visión de género. De esa unión nació un niño que no sé si afortunada o desafortunadamente se parece mucho a mí, y no físicamente, sino en el carácter y en los gustos. No sé si aplaudir o no.Después de casada entendí que los libros seguían tocando a mi puerta e ingresé a la UAFyL para estudiar Literatura. Profesión que amo y a la cual le debo momentos de angustia, pasión, desprecio, tristeza o alegría. En ella he cobijado mis sueños y esperanzas entendiendo que otros en algún momento sintieron o pensaron como yo.

domingo, 18 de abril de 2010

CHICAGO


Chicago es una película musical estadounidense, dirigida por Rob Marshall. La película fue estrenada en Estados Unidos el 27 de diciembre de 2002 y en Alemania el 27 de febrero de 2003. Poco tiempo de su estreno la película ganó diversos premios como el Óscar a la mejor película, el Globo de Oro a la mejor película - Comedia o musical y el reparto ganó un Premio SAG al Mejor Reparto
Los centros de Chicago Velma Kelly y Roxie Hart, dos delincuentes-de-la pasión que se encuentran en el corredor de la muerte juntos en 1920 en Chicago. Velma, y Roxie, una ama de casa con las aspiraciones de tener la misma profesión, luchar por la fama que les impiden la horca. La película está protagonizada por Catherine Zeta-Jones, Renée Zellweger y Richard Gere, también con Queen Latifah, John C. Reilly, Christine Baranski, Lucy Liu, Taye Diggs, Colm Feore, y Mya Harrison.


PREGUNTA:

¿QUÉ PAPEL JUEGAN LOS MCM EN ESTA CINTA?

jueves, 11 de marzo de 2010

MAFALDA


Mafalda es una nena terrible, simpática y atrevida, que vive en la Argentina de mediados de los 60 y principios de los 70. Es nacida de una típica familia de Buenos Aires (porteña) de clase media.Esta niña, como todas, tiene una familia y unos amigos que forman su pandilla.

Va a la escuela y, en verano, cuando le salen las cuentas a su papá, va de vacaciones. Pero Mafalda no es una niña como otra cualquiera. Humilde y comprometida con las etnias, le preocupa el mundo y no entiende como los adultos pueden llevarlo tan mal.

Es famosa en el mundo entero por la gracia de sus preguntas, la inocencia de su mundo y la altura de sus ideales. Luchadora social incansable, emite manifiestos políticos desde su sillita con una inocente falta de inocencia. Puede decirse que es una revolucionaria más allá del lápiz y el papel.
A través de Mafalda y su entorno, su autor, Quino (Joaquín Salvador Lavado), reflexiona sobre la situación del mundo y las personas que en él vivimos haciendo consignas sociales.

jueves, 4 de marzo de 2010

WATER


Dirección y guión: Deepa Mehta.
Duración: 115 min.
Género: Drama
Interpretación: Seema Biswas (Shakuntula), Lisa Ray (Kalyani), John Abraham (Narayan), Sarala (Chuyia), Manorma (Madhumati), Waheeda Rehman (Bhagwati), Kulbushan Kharbanda (Sadananda), Raghuvir Yadav (Gulabi), Vinay Pathak (Rabindra), Ronica Sajnani (Kunti).

SINOPSIS
La historia transcurre en 1938, en la India colonial, en pleno movimiento de emancipación li-derado por Mahatma Gandhi. Según las creencias hindúes, cuando una mujer se casa, se convierte en la mitad del hombre. Por lo tanto, si él muere, se considera que la mitad de la esposa ha muerto. Los libros sagrados dicen que una viuda tiene tres opciones: Casarse con el hermano más joven de su marido, arder con su marido o llevar una vida de total abnegación. Se celebra una boda que bien podría ser un entierro: casan a Chuyia (Sarala), una niña de 8 años, con un moribundo que fallece esa misma noche. Se quema su cuerpo en la orilla de un río sagrado y Chuyia se prepara para el destino que han escogido para ella. Se le afeita la cabeza e ingresa en un “ashram” para viudas donde deberá pasar el resto de su vida. El agua es una constante en la película, no sólo como metáfora, sino también como instrumento. A la orilla del río, Kalyani (Lisa Ray) conoce a Narayan (John Abraham), un joven idealista seguidor de Gandhi, hijo de brahmanes, la casta social más alta de la India. Estudia derecho, está entusiasmado con la revolución social pregonada por Gandhi y más que dispuesto a rechazar los límites impuestos por una tradición secular. Con Chuyia actuando como mensajera, su imposible relación empieza a florecer.

jueves, 25 de febrero de 2010

Club de la buena estrella


Año: 1993
Director:
Wayne Wang
Guión:
Amy Tan,Ronald Bass
Género:
Drama

SINÓPSIS:


Al morir su madre, June es invitada a unirse al "Club de la Buena Estrella". Está formado por una serie de mujeres que se reúnen todas las semanas para jugar al mahjong. A medida que va conociendo la personalidad de las tres socias del club, June descubre todo un mosaico de acontecimientos asombrosos, que son los que han dado forma a sus vidas.

viernes, 19 de febrero de 2010

EL FRAUDE


“En México nunca ha habido democracia”, es uno de tantos comentarios contundentes que externa el ex candidato a la Presidencia Andrés Manuel López Obrador en la película documental de “millones de mexicanos, dirigida por Luis Mandoki”, Fraude: México 2006


No fue fácil conseguir los recursos para la producción, posproducción y distribución. Mandoki y Federico Arreola abrieron una cuenta bancaria para que la gente depositara lo que quisiera en apoyo a este proceso, ya que, como se recordará, ni Warner ni Videocine lo distribuyeron, pues “no era negocio, y no por razones políticas”. La cinta remata con estas palabras: “El pueblo que no aprende de su historia está condenado a repetirla”.

domingo, 14 de febrero de 2010

Balún Canán


Título Original: Balun Canan
Año de Producción: 1977
Director: Benito Alazraki
Producción: México


Balún Canán , discurre formalmente por dos escenarios. Por un lado es una novela de tintes indigenistas en donde las ideas feudales están en colisión directa con la nueva forma de gobierno que Lázaro Cárdenas ha comenzado a impulsar en el México de la primera mitad del siglo XX: la repartición de la tierra entre los indios. La familia Argüello está tomada como un ejemplo de los efectos que esta transformación política produce en los habitantes de Comitán, y por extensión, en los cacicazgos del país

viernes, 5 de febrero de 2010

CAPOTE



Dirección: Bennett Miller
País: USA
Año: 2005
Género: Biopic, drama
Interpretación: Philip Seymour Hoffman (Truman Capote), Catherine Keener (Nelle Harper Lee), Clifton Collins Jr. (Perry Smith), Chris Cooper (Alvin Dewey), Bruce Greenwood (Jack Dunphy), Bob Balaban (William Shawn), Amy Ryan (Marie Dewey), Mark Pellegrino (Dick Hickock), Allie Mickelson (Laura Kinney), Marshall Bell (Alcaide Marshall Krutch)
Guión: Dan Futterman; basado en el libro "Truman Capote. La biografía definitiva" de Gerald Clarke.P


SINOPSIS
En noviembre de 1959, Truman Capote (Philip Seymour Hoffman), el autor de "Desayuno en Tiffany’s" y un icono de lo que pronto se va a conocer como la jet set, lee un artículo en The New York Times. Relata los asesinatos de los cuatro miembros de una conocida familia granjera, los Clutter, en Holcomb, Kansas. Historias similares aparecen en los periódicos casi a diario, pero esta vez algo llama la atención de Capote. Es una oportunidad, según él, de demostrar una teoría que siempre ha sostenido: en las manos del escritor adecuado, la no ficción puede resultar tan apasionante como la ficción. ¿Qué impacto han tenido los asesinatos en ese pequeño pueblo en las llanuras azotadas por el viento? Se trata nada más y nada menos que del choque de dos Norteaméricas: el país seguro y protegido que los Clutter conocían y el país amoral y desarraigado en el que vivían los asesinos.

viernes, 22 de enero de 2010

Rebelión en la Granja


Sinopsis


Una noche, cuando el granjero Jones se ha ido a dormir, todos los animales de la granja Manor se reunen y, encabezados por un cerdo sabio, deciden luchar contra el hombre que los cría para sacrificarlos. Los animales se rebelan, se hacen con la granja e instauran sus leyes y sus propias normas.

jueves, 14 de enero de 2010


SINÓPSIS:

CEGUERA narra la historia de una epidemia sin precedentes - pérdida de la vista- que es masacre en una ciudad no identificada. Esa "ceguera blanca" - llamada así porque las personas infectadas están viendo sólo una superficie lechosa - se manifiesta principalmente a un hombre en tránsito y, lentamente se extiende en el país.


TITULO ORIGINAL: Blindness

GENERO: Drama

DIRECCION: Fernando Meirelles

GUION: Don McKellar

INTERPRETES: Julianne Moore, Mark Ruffalo, Alice Braga, Gael García Bernal, Yoshino Kimura, Danny Glover

FOTOGRAFIA: César Charlone

MUSICA: Marco Antonio Guimaraes

Basado en el texto del escritor portugués José Saramago

jueves, 7 de enero de 2010

EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS


El callejón de los milagros (1995)

Una producción de: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), Fondo de Fomento a la Calidad Cinematográfica, Género: Drama urbano
Duración: 140 min.
Dirección: Jorge Fons
Producción: Gerardo Barrera y Alfredo Ripstein, Jr.; coordinador de producción: Daniel Birman Ripstein
Guión: Vicente Leñero, basado en la novela de Naguib Mahfuz

Sinopsis:

El callejón de los milagros, en pleno centro de la ciudad de México, es el escenario donde se entrecruzan las vidas de varios personajes, todos ellos con una historia que contar. Cansado de su matrimonio con Eusebia, el cincuentón don Ru, dueño de la cantina del barrio, descubre nuevos y extraños sentimientos en su vida. El joven peluquero Abel y el anticuario don Fidel están enamorados de la bella Alma, hija de doña Cata, lectora del tarot. Susanita, la rentera, busca el amor en el joven Chava, hijo de don Ru, y en Güicho, el cínico empleado de la cantina. Una decena de personajes más completa este complejo retrato de la vida en la ciudad.

jueves, 10 de diciembre de 2009

LAS HORAS

La lucha contra los demonios internos, las letras, el amor, el desamor, la coincidencia, el destino, las decisiones, el suicidio, los recuerdos. Día a día, hora tras hora. Habrá que entender la vida por ello, amarla por ello y sí, también, apartarla por ello. Pero... ¿ y qué si decidimos no amarla, no aceptarla y sólo... apartarla?

Si en el 7o. arte existe lo perfecto, Las Horas se acerca mucho a ello. Su despilfarro histriónico, su narración intoxicante y su soberbia edición, la convierten en una realización espléndida y adictiva. Pero más allá de eso, esta cinta cautiva y remueve las entrañas, por ser capaz de mirarnos de frente y enseñarnos los ángulos más oscuros y dolorosos del existir, la enfermedad, la tristeza, la solitud, la locura; y por encima de ellos, todavía ofrecer, un rayo de esperanza.

Los 20's. Virginia Woolf, la afamada escritora británica no halla su sitio en este mundo y ya ha tratado de huir dos veces de él; sin embargo sus intentos han sido frustrados. Su pluma, la tinta y el personaje novelesco de Mrs. Dalloway, son sólo el medio para expresar su hartazgo, su dolor y su soledad.

Los 50's. Laura Brown se halla cautivada por la lectura de Mrs. Dalloway. Las letras de Virginia Woolf le resultan familiares en más de un sentido. Su vida es también un hueco lleno de nada, un camino sin destino y un grito que nadie oye en su miserable oscuridad.

2001. Clarissa Vaughn, editora neoyorquina prepara una fiesta para homenajear a su mejor amigo Richard, quien a su vez, está muriendo de SIDA. Fue el mismo Richard, quien muchos años atrás, cuando fueran amantes, bautizara a Clarissa con el sobrenombre de Mrs. Dalloway. Pero eso fue antes; antes de la monotonía, del sopor, de la vaciedad.

La vida de tres mujeres en un sólo día; tres dramáticas historias cuidadosamente hiladas a través del delicioso sabor de la literatura. Tres destinos en tres tiempos distintos y que sin embargo comparten, por extraño capricho del destino, un secreto, un sino y una vital decisión.
¿Cuántas formas tenemos de morir?. ¿Es que acaso sólo existe la muerte física?; la partida del único ser que nos hace sentir vivos, ¿No es un deceso espiritual?. El aguantar una vida que no elegimos, que no queremos y que no estamos dispuestos a soportar ¿no es peor que morir?

domingo, 6 de diciembre de 2009

CORALINE


Coraline (conocida en España como Los mundos de Coraline y en Hispanoamérica como Coraline y la puerta secreta).

Es una película de animación estadounidense basada en la novela de Neil Gaiman Coraline, publicada en 2002.

Coraline Jones es una niña que acaba de mudarse junto a sus padres a una nueva casa. Dado que estos están muy ocupados con su trabajo,su padre le propone explorar la nueva casa, Coraline empieza a explorar la casa y alrededores, conociendo a varios y excéntricos vecinos como el señor Bobinsky, las señoritas Spink y Forcible, Wybie y un gato callejero.Tambien descubrio una puerta pequeña en el salón de la nueva casa.


La noche en la que ella descubre la puerta se despierta, ya que hay varios ratones cuando los ratones se meten por la purta pequeña y Coraline la abre, se abre una especie de "pasadizo" que lleva a un mundo paralelo en el que la gente que conoce es más divertida y cariñosa, aunque en vez de ojos tienen botones. La tercera noche que, Coraline descubre que ese mundo es falso inventado por una bruja que adopta la forma de su madre para atraparla y conseguir que se quede con ella.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Kafka y Sartre


Ser infeliz
Franz Kafka

Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada, me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la puerta hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos al enemigo, se hubiesen enfurecido en la batalla. Cual pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente oscuro, en el que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre las manos, pero de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la corriente de aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los pies, también del cuello, también de las sienes. Miré un poco en esa dirección, después dije: "buenas tardes", y tomé mi chaqueta de la pantalla de la estufa, porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir. Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitación me abandonase por la boca. Tenía la saliva pesada; en la cara me temblaban las pestañas. No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La niña estaba todavía parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aquélla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco fuese ásperamente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije: -¿Es a mí realmente a quien quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más fácil que equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo así y asá; vivo en el tercer piso. ¿Soy entonces yo a quien usted desea visitar? -¡Calma, calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien. -Entonces entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta.-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo, tranquilícese. -¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente. Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de abrir y mirar qué pasa. Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terminado su trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna? Por lo demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta. -¿Pero qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?-Está bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber cerrado con la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi huésped. Tenga plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema ponerse a sus anchas. No la obligaré a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta decírselo? ¿Tan mal me conoce? -No. En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo dicho. Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí? -¡No es para tanto! Naturalmente, una niña. Pero tampoco es usted tan pequeña. Ya está bien crecidita. Si fuese una chica no habría podido encerrarse, así no más, conmigo en una pieza. -Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve de mucho conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante mí. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se lo pido, dejémoslo. Y a esto hay que agregar que no lo conozco en cualquier lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor que encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en cuenta que ya me ha amenazado. -¿Cómo? ¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin esté aquí! Digo "por fin" porque ya es tan tarde. No puedo entender por qué vino tan tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera. Concedo diez veces que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo que quiera. Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, cómo pudo creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza este pequeño momentito de presencia suya aquí? Un extraño sería más complaciente que usted. -Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué entonces esa tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al instante. -¿Así? ¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En definitiva está en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared! Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a obrar de otra manera. -¿Es esto amable? -Hablo de antes. -¿Sabe usted cómo seré después? -Nada sé yo. Y me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces no tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa, hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero que estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso. -¿Ya sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas bien abiertas sobre dos escalones. -¿Qué puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza. -Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa. -Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma. -Muy cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas? -¡Ajá! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve este no creer?-Muy simple. Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene realmente a su pieza.-Sí. Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro de mí. De pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos. -Ya que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle tranquilamente por la causa de su venida. -Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos una información clara. Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar. -Pero yo he oído decir que se les puede seducir.-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer? -¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón. -¡Ah, sí...! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera. -Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre. -¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza. -Entonces está bien -dije. Y ahora sí que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.
El existencialismo es un humanismo
Sartre
"Si en efecto la existencia precede a la esencia, no se podrá jamás explicar por referencia a una naturaleza humana dada y fija; dicho de otro modo, no hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad. Si, por otra parte, Dios no existe, no encontramos frente a nosotros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta. Así, no tenemos ni detrás ni delante de nosotros, en el dominio luminoso de los valores, justificaciones o excusas. Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y, sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace".